domingo, 16 de diciembre de 2012

¿Pensar o ser Pensados?

La mente es la herramienta más potente que posee el ser humano. Saber manejarla nos hace libres de pensamiento. Pero, ¿cómo identificar las ideas preconcebidas? ¿Pensamos o somos pensados?

El desarrollo de la mente se ha confundido con el desarrollo de la "capacidad mental". Tener agilidad mental nos hace más listos pero no guarda relación con cualidades más altas, como el discernimiento. Por eso la agudeza mental es utilizada hoy en día para asaltar un banco o para defraudar al fisco, antes que para desarrollar grandes obras. Ayudar al desarrollo mental de una persona no es tan solo capacitarle mecánicamente para lograr algo sino además mostrarle el correcto encauzamiento de esa fuerza.

Del mismo modo que aprender ciertas reglas matemáticas no siempre lleva al estudiante a entender la armonía del universo, discernir es una cualidad elevada que supone el aprendizaje para tomar el camino más correcto, el que menos dañe, el que sea mejor para todos, el que nos haga sentir más plenos y felices. Sin embargo, la enseñanza de las leyes básicas de la vida no suele pertenecer a ninguna de las materias de estudio, y hasta la enseñanza de la filosofía actualmente se encuentra desvinculada de la búsqueda total, ética y espiritual, que algún día fue.

IDEAS ENLATADAS

Para conformar nuevas ideas la mente se apoya en otras anteriores, aunque algunas ideas preexistentes se cristalizan en nosotros, se tornan rígidas, pierden frescura y se convierten en esquemas mentales. Se enreda entonces la mente con los propios esquemas de pensamiento, se encasilla en frases hechas, en ideas enlatadas previamente como un alimento precocinado, que merman la capacidad de reflexión a fuerza de repetirse constantemente y convertirse, con el tiempo, en hábito mental.

A modo de ejemplo, solemos decir: “el dinero no da la felicidad pero ayuda a conseguirla”, pero con el paso de los años llegamos a creer que sin él no podremos ser nada, sin darnos cuenta de que las circunstancias que nos rodean siempre serán cambiantes, pues por propia definición serán circunstanciales, y los cambios tienen la finalidad, en el fondo, de incentivar nuestra propia superación y evolución.

En general ocurre que a fuerza de repetirnos ciertas ideas, que creemos válidas para todos, creamos “corrientes de pensamiento” que exportamos a los demás, y con el tiempo acaban conformándose en “mentalidades”, que a modo de carriles fijos llevan a las personas en el sentido “conveniente”.  Se crean entonces líneas de pensamiento convenientes o correctas para una sociedad, y todo lo que se aparta de ello se rechaza, se excluye, se acaba persiguiendo bajo el rótulo de “raro”.

LIBERTAD DE PENSAMIENTO

Lograr pensar libremente es entonces una labor ardua, propia de quien busca una forma propia de conducta, independiente de esquemas y prejuicios que no tienen mayor fundamento que las costumbres sociales, poco reflexivas a veces, que son patrones de conducta útiles para adormecidas conciencias y receptivas mentalidades.

Esto ocurre en la medida en que el hombre refleja el medio convirtiéndose en un “hombre espejo”. El hombre es más permeable mentalmente en la medida en que atiende tan sólo hacia el exterior, por la falta de una verdadera solidez mental, y acaba reflejando las ideas y actitudes de otros. En una etapa adolescente este modo de aprender las ideas de otros va conformando la estructura del propio edificio mental, pero con el tiempo esas ropas ajadas tendrán que dejarse a un lado y construir la propia vestimenta de pensamiento.

Cuanto más reflejamos el entorno mental, menos consistencia propia logramos, y navegamos en la superficie del pensamiento que podríamos alcanzar. A la inversa, quien es más superficial, menos ideas propias elabora, más se apoya en las ideas que le circundan y más se descubren en su conversación los últimos titulares de los periódicos y los razonamientos del último programa de TV de mayor audiencia. Suele desconocer lo que es un buen libro y una buena música y no mero ruido, porque desgraciadamente hay una ausencia de un programa cultural propio, de un programa de desarrollo trazado por sí mismo.

Hay, en fin, que trabajarse, que educar el propio carácter, y consolidarse alrededor de unas ideas principales, las cuales, a modo de núcleo, aglutinarán otras más cambiantes y superficiales, que han de someterse siempre a revisión antes de integrarlas en la propia estructura de pensamiento.


Adaptación del artículo de Ramón Sanchis
Revista Esfinge

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