domingo, 6 de mayo de 2012

¿Quién soy realmente?

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Si te preguntaran quién eres, es muy probable que respondas tu nombre. Pero ¿eres tu nombre? Sin duda, reconocerás que no. Si respondieras que eres un hombre o mujer de "x" edad, estarías diciendo tu género y edad, pero no quién eres. Y si se respondiera que tienes tal o cual ocupación, vocación, habilidad o aspiración, estarías describiendo las características de tu personalidad o tus deseos, pero no respondiendo a esta pregunta. Entonces, si uno no es su nombre, ni sus características y ni siquiera lo que ve frente al espejo, ¿quiénes somos? Esta es una de las preguntas filosóficas que ha inquietado a los hombres de todas las épocas.

¿Por qué es tan importante saber quiénes somos? Porque, conociéndonos podríamos identificar cuál es nuestra función en este mundo, dónde está nuestro verdadero valor, qué tipo de vida nos corresponde y qué realmente necesitamos para realizarnos plenamente.

Si buscamos respuestas entre la filosofía de milenarias culturas, encontraremos que Egipto, India, Grecia, entre otras, coincidían en enseñar que el ser humano es un ser que tiene una doble naturaleza: una mortal, finita y cambiante, a la cual los antiguos griegos llamaron "personae", que significa "máscara": la cubierta del Actor. De esta raíz en griego deriva la palabra "personalidad". La otra naturaleza, más sutil, inmortal y divina: es el Ser Interior, aquello que constituye nuestra esencia, lo que no cambia, nuestra verdadera Identidad.

La personalidad está compuesta por 4 dimensiones o cuerpos: el físico, la energía vital, el cuerpo emocional y la mente intelectual o de deseos. El ser interior o espíritu, tiene 3 dimensiones: la Mente Pura o inegoísta, la Inteligencia o intuición y la Voluntad. Tres potencias que debemos reconquistar para poder usarlas.

Si la personalidad es el "vehículo" en el que viajamos por la vida, el ser interior es el "conductor", aquél que sabe de dónde viene y hacia dónde va.

Es importante conocer y educar la personalidad porque así podremos manejarla. Pero es un reto aún mayor conocer nuestro Ser Interior, aquél que nos habla de vez en cuando, que nos reclama reflexión, coherencia entre pensamientos, sentimientos y actos, nobleza, espiritualidad.

Cuenta Platón en uno de sus mitos, que antes de que fuésemos humanidad, éramos como ángeles, seres alados. Cuando el creador del universo terminó de crear el mundo, invitó a estos seres a ver su obra. Maravillados, recorrían los campos, observaban los mares, los cielos, los ríos…hasta que uno de estos seres alados se posó en la ribera de un lago y se inclinó sobre sus aguas. Al ver su imagen reflejada en él, lleno de sorpresa exclamó "¡Este soy yo!" Desde entonces, cuenta Platón, a estos seres se le cayeron las alas y ya no pueden retornar a su lugar de origen. En lugar de alas, les quedaron una especie de muñones, que les hacen recordar que en otros tiempos eran alados y podían elevarse por encima de lo mundano. Para regresar a la región celeste de la cual provienen, tienen que hacer "crecer sus alas".

Así, a través de esta narración simbólica, Platón explica la actual condición del hombre que, al identificarse estrictamente con lo físico, dejó atrapada su conciencia en la materia, a tal punto que ya no recuerda quién Es: ha olvidado su naturaleza divina.

El gran filósofo Plotino decía que para que al hombre "le vuelvan a crecer las alas" debe atender sus inquietudes filosóficas, aquellas que le hacen preguntarse sobre el sentido profundo de la vida, sobre sí mismo, sobre el destino… porque le inclinan a buscar la sabiduría que le falta, a encontrar respuestas y vivir de acuerdo a ellas. Solo así se emerge de una vida horizontal y limitada a otra vertical y sin confines.

En India, con la narración simbólica del "Mahabharata", enseñaban que el hombre es como un "chatrya" o guerrero, que debe luchar por recuperar aquél territorio que le pertenecía: "La ciudad de la sabiduría". Solo así cumpliría con su destino y sería realmente dichoso. Es una alegoría a la lucha interior del hombre por hacer prevalecer en cada acto lo más elevado de su naturaleza y así recobrar la conciencia permanente de su espiritualidad, para realizarse plenamente.


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