sábado, 7 de abril de 2012

¿Por qué suceden las cosas?

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¿Qué determina que uno nazca con determinadas cualidades y que le falten otras, que nazca en una familia o en otra? Seguramente te has preguntado:¿Por qué los talentos están repartidos en formas tan distintas? ¿Por qué justo ahora? ¿Por qué a mí?

Tal vez hemos llegado a pensar que las circunstancias en las que nos encontramos son fruto de la casualidad, el “destino” o de una voluntad ajena a nosotros, pero que finalmente, escapa de nuestro control. Pensando así, nos limitamos a soportar la vida creyendo que es injusta o que por el contrario “todo es cuestión de suerte”. Así, si sucede algo, bueno o malo, no lo relacionamos con nuestras propias decisiones, pensamientos o sentimientos.

¿Por qué pasan las cosas?

Antiguas y sabias culturas de Oriente y Occidente enseñaban que la casualidad no existe y que por el contrario, todo lo que sucede está regido por una Ley inmutable, una Ley de Acción y Reacción o de Causa y Efecto, conocida en India como “Karma”. Es esta una ley de justicia universal, por la cual cada acto en pensamiento, sentimiento u obra, tiene un efecto para su ejecutor, con la misma intensidad e intención con la que fue creada.

“Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo a la ley; la suerte o azar no es más que el nombre que se le da a la ley no reconocida; hay muchos planos de causalidad, pero nada escapa a la Ley”.
(Kybalion – sabiduría egipcia).

La palabra “Karma” significa tanto acción como reacción porque ambas van íntimamente unidas. Las reacciones son los efectos lógicos unidos inevitablemente a nuestros actos.

¿Cómo actúa el karma?

Podemos entenderla mejor al verla actuar en el plano físico: Cuando se siembran semillas de tomates, se esperan, al cabo de unos meses, frutos de tomate; cuando se siembran semillas de maíz, se espera recoger mazorcas de maíz. “Lo que se siembra, se cosecha”. Esto que vemos y aceptamos como ley en el mundo físico, se manifiesta también en dimensiones más sutiles, como la mental, psicológica y espiritual. La vida tiene definitivamente leyes invisibles y certeras. Karma es una de ellas.

En la Física se sabe que a toda fuerza se le opone una reacción de igual fuerza y sentido contrario. Cuando doblamos una rama inconscientemente ésta nos golpea con la misma intensidad con la que la doblamos. Así, por ejemplo, cuando se exterminan los bosques y las diversas especies y se altera la atmósfera con la contaminación, el cambio climático es un efecto inevitable. Además, este cambio en el clima provocará inundaciones, tormentas impetuosas, olas de calor y frío desmedidos, pues es ley que todo efecto es a su vez una nueva situación creada, un nueva acción que nos lleva a nuevos efectos secundarios.

En la dimensión emocional, cuando odiamos o amamos a alguien, nuestra capacidad de sentimiento se amplía o se contrae; sembramos las circunstancias para ser amados u odiados.

“Todo hombre recoge las consecuencias de sus propias acciones”.
Los Puranas (textos de sabiduría hindú muy antigua).

Esta Ley del Karma está íntimamente relacionada con otra Ley metafísica, conocida como Dharma o Ley de Armonía Universal. Karma nos enseña, a través de los efectos de nuestros actos, cuándo éstos han sido o no armónicos (buenos, justos, equilibrados), según sean los efectos que nos devuelva.

Según esta Ley nuestras acciones y sus efectos van construyendo un rumbo de vida que nosotros mismos decidimos. El Karma tan sólo nos da, en prueba de justicia cósmica, lo que nos merecemos; no es un castigo, sino una posibilidad, observando lo que nos acontece, de entender en qué nos equivocamos, qué acciones nuevas debemos emprender.

Quien pierde un trabajo, y se hunde en lamentos y en una actitud pesimista, en lugar de salir a buscarlo todas las horas útiles del día, define la dirección de su destino. Quien cree en su propio destino y lo persigue, tarde o temprano lo conquista a través de su esfuerzo, es decir, de sus actos. El bien no es más, entonces, que un suma de actos de bien, y nuestro mal no es otra cosa que la oscuridad momentánea de quien no halla su propio rumbo.

“Trabajad en vuestra propia salvación. Lo que un hombre siembre, aquello recogerá”.
San Pablo.

Si hago el bien nunca tendré dolor

"Pero si yo hago el bien ¿por qué me tienen que pasar estas cosas?", "No existe la Justicia", "La Justicia es injusta." Lamentablemente, algunos empezamos a pensar así cuando luego de poner en practica las "buenas acciones" no hay una buena "retribución".

"Podemos ayudar a nuestros semejantes, pero si lo que en verdad buscamos es reconocimiento ¿de qué vale?. Podemos apoyar a los desesperados, pero si lo que hacemos es convertirnos en cómplices ¿de qué vale?."

El dolor no es un mal en sí, sino es un indicador que puede significar muchas cosas. Puede de que algo no esta dirigiéndose de la mejor manera y de que no necesariamente es por algo que hayamos hecho nosotros, puede que aun no hemos superado algún estrago emocional, puede que no hayamos aprendido algunas cosas y seguimos cometiendo los mismos errores en algunos detalles o puede de que aun nos falte madurar en algunos aspectos de nuestra personalidad, etc.

"Incluso una buena persona puede experimentar dolor al obrar bien, pero en cuanto el fruto se produce, entonces experimenta los buenos resultados."
Siddharta Gautama

Si debemos ser más fuertes, si debemos avanzar, la vida debe ser más dura. Todo avanza y las dificultades ¿por qué no?. Las dificultades no son ningún mal, es más, son oportunidades para encontrar nuevos caminos, caminos más limpios y serenos, caminos para uno y caminos para enseñar. Tengamos siempre en cuenta que aunque nuestro mejor esfuerzo aparentemente nos devuelva cosas amargas o ácidas, estos sucesos jamas podrían afectar a nuestra voluntad porque aquella que es silenciosa, inmutable, fuerte y capaz no se detiene por nada. Aquel que ha tomado el control total de su voluntad ciertamente es poderoso.



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