domingo, 10 de marzo de 2013

¿Podemos ser mejores? Lección del diamante

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El diamante es la gema más preciada del mundo. Su dureza, transparencia y brillo resplandeciente, no tienen igual. Su nombre deriva de la palabra griega “adamas” que significa “invencible”. Es muy difícil romper un diamante: hacen falta 4.000 grados centígrados para fundirlo -dos veces y media más de lo que se necesita para fundir el acero-. Su composición, sin embargo, es muy simple: moléculas de carbono.

Su dureza se debe a su estructura interna, ordenada en forma piramidal: si ponemos cualquiera de sus lados como base, podremos contar los átomos de carbono por capas, teniendo la primera uno, la segunda cuatro, la tercera nueve y la cuarta dieciséis, lo que hace una sucesión de cuadrados 12, 22, 32 y 42.

Hace millones de años, dos grandes fuerzas, el calor y la presión, fueron transformando el carbón en diamante dentro de las calderas de magma hirviendo que se encuentran a grandes profundidades bajo tierra. Luego, los cambios geológicos traerían esas canteras de diamante a la superficie.

Recojamos las lecciones que encontramos en la naturaleza.

Carbón y diamante tienen la misma composición pero se diferencian en el orden interior de sus moléculas de carbono. En el primer caso, estas moléculas se encuentran desordenadas y caóticas, produciendo la opacidad del carbón y su frágil consistencia. En cambio, en el diamante vemos un orden inteligente que da paso a la claridad y a la luz.

De igual manera, un hombre sin orden en sus pensamientos, sentimientos y actos, es frágil y oscuro. Pero el hombre que pone orden en estos aspectos, es internamente fuerte, brillante, resistente y valeroso.

Para poder ordenar, necesitamos la luz del Conocimiento, aquella que disipa la ignorancia y nos permite cambiar las dudas por convicciones, la fragilidad por la fortaleza, el temor por la seguridad, la existencia sin sentido por una vida dirigida hacia un ideal de perfección. El conocimiento es como ese fuego a altas temperaturas que el carbón necesita para transmutarse en diamante. Cuando este conocimiento es puesto en acción con el poder de nuestra Voluntad, empezamos a organizarnos por dentro, nos acercamos a la sabiduría y, como el diamante, podemos irradiar luz a nuestro alrededor.

Pero el carbón se forjó también con altas presiones, hasta convertirse en diamante. Igualmente, el hombre atraviesa en su vida numerosas dificultades, que en realidad son oportunidades para aprender y crecer. Según sea su actitud ante la adversidad, o “se quiebra” o se fortalece. La lucha con la adversidad nos hace fuertes y nos concede confianza en nosotros mismos. Si lucha la semilla para abrirse y elevarse como árbol, si lucha la oruga hasta salir de su crisálida y convertirse en mariposa, si lucha el carbón hasta convertirse en diamante ¿por qué el hombre no libraría una batalla interna para realizarse plenamente?.

Entre el carbón y el diamante hay un largo camino de perfeccionamiento. Es este el camino metafísico que todos los seres transitamos, seamos conscientes de ello o no. Tenemos un punto de partida y un destino al cual llegar. Pero ¿cómo encontrar ese camino y transitar por él sin extraviarnos? Guiándonos con la luz del Conocimiento, la luz de la sabiduría de aquellos hombres sabios que marchan por delante de nosotros. Despertemos al filósofo o “amante de la sabiduría”, que todos llevamos dentro.

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