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viernes, 29 de abril de 2011

Sobre las impresiones y apariencias

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Llamemos a las cosas por su nombre

Cuando llamamos a las cosas por su nombre, las comprendemos correctamente, sin añadir juicios o información por nuestra cuenta. ¿Que alguien se ducha deprisa? No digamos que se lava poco, sino deprisa. Nombremos la situación tal como es; no la filtremos por nuestros juicios. ¿Que alguien bebe mucho vino? No digas que es un borracho, sino que bebe mucho. A no ser que estés perfectamente al corriente de su vida ¿Cómo sabes que es un borracho?

No te arriesgues a dejarte seducir por las apariencias para construir teorías e interpretaciones basadas en deformaciones que son fruto de dar un nombre equivocado a las cosas. Da tu consentimiento sólo a lo que sea efectivamente cierto.


Evita adoptar los puntos de vista negativos de los demás

Los puntos de vista y los problemas de los demás pueden ser contagiosos. No cometas sabotaje contra ti mismo inconscientemente adoptando actitudes negativas e improductivas fruto de tu trato con terceros. Si te encuentras con un amigo descorazonado, un pariente afligido o un colega que ha sufrido un revés de fortuna, procura no verte superado por el aparente infortunio. Acuérdate de discriminar entre los hechos en sí y la interpretación de los mismos. Recuérdate esto: «Lo que hace daño a esta persona no es el suceso en sí mismo, puesto que otra persona podría no sentirse en absoluto oprimida por la misma situación. Lo que está haciéndole daño es la respuesta que él o ella ha adoptado sin ningún sentido crítico.»

Contribuir a dar rienda suelta a obstinados sentimientos negativos no constituye una demostración de amabilidad o amistad para con las personas por quienes nos interesamos. Seremos de mucha más utilidad, tanto para los demás como para nosotros mismos, si permanecemos al margen y evitamos las reacciones melodramáticas.

Con todo, si te encuentras conversando con alguien que está deprimido, lastimado o frustrado, muestra amabilidad y escúchale con compasión, pero no permitas que termine por desanimarte a ti también.

Los malos tratos son fruto de las falsas impresiones

Si alguien te falta al respeto o habla mal de ti, recuerda que él o ella lo hace teniendo la impresión de que es correcto hacerlo.

Es poco realista esperar que esa persona te vea como te ves tú mismo. Quien saca conclusiones que se fundamentan en falsas impresiones es quien resulta herido, más que tú, puesto que es esa persona quien va descaminada. Cuando alguien interpreta una proposición verdadera como si fuera falsa, la proposición en sí no resulta herida; la persona que sostiene el punto de vista equivocado es quien sale defraudada y, por consiguiente, perjudicada. Una vez que hayas comprendido esto con toda claridad, será más difícil que te sientas insultado por los demás, aunque te injurien.

Puedes decirte a ti mismo: «A esta persona le parece esto, pero no es más que su impresión».

Todo sucede por una buena razón

Dime lo que piensas y te diré quién eres. Evita supersticiones que te lleven a conferir a los acontecimientos unos poderes o significados de los que carecen. No pierdas la cabeza. Nuestras ajetreadas mentes siempre andan sacando conclusiones, manufacturando e interpretando signos que no existen.

Piensa, en cambio, que todo lo que te sucede, sucede por algún bien. Que si has decidido ser feliz, eres feliz. Todo acontecimiento conlleva algún beneficio para ti; basta con que lo busques.

martes, 19 de abril de 2011

Sobre el deber y las relaciones

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Las relaciones con los demás nos revelan nuestros deberes

No eres una entidad aislada, sino una parte única e irreemplazable del cosmos. No lo olvides. Eres una pieza esencial del rompecabezas de la humanidad. Todos formamos parte de una comunidad humana vasta, intrincada y perfectamente ordenada. ¿Mas dónde encajas en esta telaraña de humanidad? ¿A quién le estás obligado?

Busca cuáles son y comprende tus relaciones con las demás personas. Al reconocer las relaciones naturales e identificar los deberes definimos nuestra situación en el esquema cósmico. Los deberes resultan naturalmente de relaciones tan fundamentales como la familia, el vecindario, el lugar de trabajo y el estado o la nación. Debes adquirir el hábito de examinar regularmente tus funciones (padre, hijo, vecino, ciudadano, líder) y los deberes naturales que conllevan. Una vez que sepas quién eres y a quién estás vinculado, sabrás lo que tienes que hacer.

Si un hombre es tu padre, por ejemplo, deberás satisfacer determinadas exigencias emocionales y prácticas. El hecho de que sea tu padre implica un vínculo fundamental y duradero entre vosotros dos. Por naturaleza estás obligado a cuidar de él, a escuchar su consejo, a tener paciencia con sus opiniones y respetar sus indicaciones.

Sin embargo, supongamos que no es un buen padre. Tal vez sea necio, ignorante, grosero o sostenga opiniones muy distintas de las tuyas. ¿Acaso la naturaleza le da a cada uno el padre ideal, o siquiera un padre? Cuando se trata del deber fundamental como hijo o hija, el carácter, la personalidad y los hábitos de tu padre, sean cuales sean, son secundarios. El orden divino no diseña las personas ni las circunstancias a nuestro gusto. Tanto si te resulta agradable como si no, ese hombre es, al fin y al cabo, tu padre, y debes cumplir con tus obligaciones filiales.

Supongamos que tienes un hermano o una hermana que te trata mal. ¿Qué más da? Sigue existiendo el imperativo moral de reconocer y mantener tus deberes fundamentales para con él o ella. No te centres en lo que él o ella hace, sino en seguir tu elevado propósito. Tu propósito debería buscar la armonía con la naturaleza. Pues éste es el verdadero camino hacia la libertad. Deja que los demás actúen como quieran; de todos modos eso escapa a tu control y por consiguiente no te concierne. Comprende que la naturaleza en conjunto está ordenada de acuerdo con la razón, pero que no todo en la naturaleza es razonable.

Cuando pones empeño en llevar a cabo acciones propias de una persona sabia y prudente, intentando conformar tus intenciones y actos a la voluntad divina, no te sientes víctima de las palabras o las acciones de los demás. En el peor de los casos, esas palabras y acciones te parecerán divertidas o lamentables.

Salvo en el caso de malos tratos físicos extremos, los demás no pueden hacerte daño, a no ser que se lo permitas. Y esto sigue siendo cierto aunque la persona en cuestión sea tu padre, hermano, hermana, maestro o patrono. No consientas que te hagan daño y no te lo harán. Sobre esta elección sí tienes control.

La mayor parte de la gente tiende a engañarse a sí misma pensando que la libertad consiste en hacer lo que te hace sentir bien o lo que favorece el bienestar y la tranquilidad. Lo cierto es que quien subordina la razón a la sensación del momento, de hecho es esclavo de sus deseos y aversiones. Está mal preparado para actuar con eficacia y nobleza cuando se presentan desafíos inesperados, cosa que inevitablemente se da.

La auténtica libertad exige mucho de nosotros. Sólo si descubrimos y comprendemos nuestras relaciones fundamentales y cumplimos con entusiasmo con nuestro deber, la verdadera felicidad, a la que todo el mundo aspira, será efectivamente posible.


Céntrate en tu deber principal

Hay un momento y un lugar para la diversión y el entretenimiento, pero no deberías permitir nunca que éstos pasaran por encima de tus auténticos propósitos. Si vas de viaje y el barco echa el ancla en un puerto, puedes bajar a tierra en busca de conchas o plantas. Pero ten cuidado; estate atento a la llamada del capitán. Presta atención al barco. Distraerse con fruslerías es la cosa más fácil del mundo. En cuanto el capitán llame a bordo, debes estar listo para abandonar dichas distracciones y acudir prontamente, sin siquiera volver la vista atrás.

Si eres anciano, no te alejes demasiado del barco o tal vez no consigas presentarte a tiempo cuando te llamen.


No reprimas nunca un impulso generoso

Lleva a cabo todos tus impulsos generosos. No los cuestiones, especialmente si un amigo te necesita; actúa en su nombre. ¡No dudes! No te entretengas con especulaciones sobre los posibles problemas o peligros. Mientras dejes que la razón te muestre el camino, estarás a salvo. Tu deber es estar dispuesto a prestar ayuda a los demás en los momentos de apuro.

"Si tu herida es real y no soy capaz de ayudarte, habré infringido mis normas." 


Habla sólo con buena intención

Se presta mucha atención a la importancia moral de los actos y sus consecuencias. Quienes aspiran a una vida superior también llegan a comprender el con frecuencia ignorado poder moral de las palabras.Uno de los signos más claros de vida moral es hablar correctamente. Perfeccionar el modo de hablar es una de las piedras angulares de todo programa espiritual que se precie.

Ante todo, piensa antes de hablar para asegurarte de que hablas con buena intención. Irse de la lengua es una falta de respeto hacia los demás. Descubrirte a la ligera es una falta de respeto a ti mismo. Mucha gente se siente obligada a expresar cualquier sentimiento, pensamiento o impresión que tenga. Vierten al azar el contenido de su mente indiferentes a las consecuencias. Esto es peligroso tanto en sentido práctico como moral. Si cotilleamos sobre cada una de las ideas que se nos ocurren, sean grandes o pequeñas, podemos desperdiciar fácilmente, en el trivial curso de una charla huera, ideas que tienen verdaderas cualidades.

Hablar desenfrenadamente es como ir dando bandazos en un vehículo sin control destinado a caer en la cuneta. En caso de necesidad, mantente callado o habla con moderación. El habla en sí misma no es buena ni mala, pero se emplea tan a menudo con negligencia, que debes ponerte en guardia. La charla frívola es una charla hiriente; además, es impropio ser un charlatán.

Entra en discusión cuando una ocasión social o profesional así lo requiera, pero sé cauto y asegúrate de que el espíritu y el propósito de la conversación, así como su contenido, siguen mereciendo la pena. La cháchara es seductora. No te dejes atrapar por sus garras.

No es preciso limitarse a temas elevados o filosóficos todo el tiempo, pero ten cuidado de que el parloteo común que pasa por ser una discusión que vale la pena no tenga efectos corrosivos sobre tu elevado propósito. Cuando decimos tonterías sobre cosas triviales, nosotros mismos nos volvemos triviales, pues la atención queda absorta en trivialidades. Nos convertimos en aquello a lo que prestamos atención. Nos volvemos mezquinos cuando entablamos una conversación sobre terceros. En especial, evita acusar, alabar o comparar a la gente.

Si te das cuenta de que la conversación en la que estás inmerso decae hacia la palabrería, intenta, siempre que sea posible, conducirla de nuevo, sutilmente, hacia temas más constructivos. No obstante, si te encuentras entre extraños indiferentes, puedes limitarte a permanecer callado.

Conserva el buen humor y disfruta de unas carcajadas cuando sea apropiado, pero evita la risa floja de cantina que suele degenerar en vulgaridad o malevolencia. Ríete con, pero nunca de.

Siempre que puedas, evita hacer promesas ociosas.

viernes, 1 de abril de 2011

Sobre la vida y las oportunidades

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El dominio de sí mismo depende de la honestidad con uno mismo

Ante todo debes saber quién eres y de qué eres capaz. Así como nada grandioso se crea en un instante, lo mismo sucede con el perfeccionamiento de nuestros talentos y aptitudes. Siempre estamos aprendiendo, siempre estamos creciendo. Lo correcto es aceptar los desafíos. Así es como se progresa hacia el siguiente nivel de desarrollo intelectual, físico o moral. Con todo, no te hagas ilusiones: si intentas ser algo o alguien que no eres, empequeñeces a tu verdadero yo y terminas por no desarrollarte en campos donde podrías destacar de forma natural. En el orden divino cada uno tiene su vocación. Descubre la tuya y síguela fielmente.

Utiliza plenamente lo que te sucede

Cada dificultad con la que tropezamos en la vida nos ofrece la oportunidad de volvernos hacia dentro e invocar a nuestros recursos íntimos. Las pruebas que soportamos pueden y deben darnos a conocer nuestra fuerza. La gente prudente mira más allá del incidente e intenta crearse el hábito de sacarle provecho.

Con ocasión de un suceso accidental, no debes limitarte a reaccionar a la buena de Dios: recuerda que debes volverte hacia dentro y preguntarte con qué recursos cuentas para hacerle frente. Profundiza. Posees fuerzas que a lo mejor aún no conoces. Encuentra la más apropiada. Utilízala.

Si tropiezas con una persona atractiva, el dominio de ti mismo será el recurso necesario; ante el dolor o la debilidad, la fortaleza; ante los insultos, la paciencia. A medida que pase el tiempo y vayas consolidando el hábito de emparejar el recurso íntimo más apropiado a cada incidente, dejarás de tender a dejarte llevar por las apariencias de la vida. Dejarás de sentirte abrumado con tanta frecuencia.

Tómate la vida como si de un banquete se tratara

Piensa en la vida como si se tratara de un banquete en el que te comportases con cortesía. Cuando te pasen las bandejas, extiende la mano y sírvete una porción moderada. Si una fuente te pasa de largo, disfruta de lo que tienes en el plato. Y si un manjar aún no te ha sido ofrecido, espera pacientemente a que te llegue el turno.

Mantén esta misma actitud de educada moderación y gratitud con los hijos, la esposa, la profesión y las finanzas. No hay ninguna necesidad de ansiar, envidiar o apropiarse de nada. Obtendrás la porción justa cuando llegue el momento.

Interpreta siempre bien el papel que te han asignado

Somos como los actores de una obra. La voluntad divina nos ha asignado papeles en la vida sin consultarnos nada. Algunos de nosotros actuaremos en un drama breve; otros, en uno largo. Puede que nos asignen el papel de pobre, de tullido, de distinguida celebridad, de dirigente o el de ciudadano normal y corriente.

Aunque no podemos controlar el papel que se nos asigna, nuestro afán debe ser interpretar el papel asignado tan bien como sea posible y abstenernos de quejarnos del mismo. Sea donde fuere y en cualesquiera circunstancias, ofrece una actuación impecable. Si tienes que leer, lee; si tienes que ser escritor, escribe; si tienes que correr, corre; si tienes que nadar; nada.

Crea tu propio mérito

No dependas nunca de la admiración de los demás. No tiene ningún valor. El mérito personal no puede proceder de una fuente externa. No lo encontrarás en las relaciones personales, ni en la estima de los demás. Es cosa probada que las personas, incluso quienes te quieren, no estarán necesariamente de acuerdo con tus ideas, no te comprenderán ni compartirán tu entusiasmo. ¡Madura! ¡A quién le importa lo que los demás piensen de ti!

Crea tu propio mérito. El mérito personal no puede alcanzarse mediante la relación con personas de gran excelencia. Te ha sido encomendada una labor que debes llevar a cabo. Ponte manos a la obra, hazlo lo mejor que puedas y prescinde de quien pueda estar vigilándote. Lleva a cabo un trabajo útil manteniéndote indiferente al honor y a la admiración que tus esfuerzos puedan suscitar en los demás. El mérito ajeno no existe. Los triunfos y excelencias de los otros sólo a ellos pertenecen. Asimismo, tus posesiones pueden ser excelentes, pero tu persona no adquirirá excelencia a través de ellas.
Piénsalo: ¿qué es realmente tuyo? El uso que haces de las ideas, recursos y oportunidades que se te presentan. ¿Tienes libros? Léelos. Aprende de ellos. Aplica su sabiduría. ¿Tienes conocimientos especializados? Empléalos a fondo y a buen fin. ¿Tienes herramientas? Sácalas de la caja y construye o repara cosas. ¿Tienes una buena idea? Profundiza en ella y llévala a cabo. Saca el mayor provecho de lo que tienes, de lo que es realmente tuyo.

Puedes estar razonablemente a gusto y contento contigo mismo si armonizas tus actos con la naturaleza mediante el reconocimiento de lo que es en verdad tuyo.

Armoniza tus actos con la vida tal como realmente es

No intentes establecer tus propias normas. Compórtate siempre, en todos los asuntos, grandes y públicos o pequeños y privados, de acuerdo con las leyes de la naturaleza. La armonía entre tu voluntad y la naturaleza debería ser tu ideal supremo.

¿Dónde practicar este ideal? En los pormenores de la vida cotidiana, en las tareas y deberes personales. Cuando lleves a cabo una tarea, como darte un baño, hazlo tan bien como puedas, en armonía con la naturaleza. Cuando comas, hazlo tan bien como puedas, en armonía con la naturaleza, y así sucesivamente.

No se trata tanto de qué estás haciendo sino de cómo lo estás haciendo. Mientras comprendamos correctamente este principio y vivamos con arreglo al mismo, aunque surjan dificultades (pues también forman parte del orden divino), la paz interior seguirá siendo posible.

"Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto."
Jesús de Nazareth

Nadie puede hacerte daño

La gente no tiene la facultad de hacerte daño. Incluso si te denigran a voz en grito o te golpean, si te insultan, tuya es la decisión de considerar si lo que está ocurriendo es insultante o no. Cuando alguien te irrita, lo único que te está irritando es tu propia respuesta. Por consiguiente, cuando te parezca que alguien te está provocando, recuerda que lo único que te provoca es tu propio juicio del incidente. No permitas que tus emociones se enciendan ante meras apariencias.

Intenta no limitarte a reaccionar al instante. Toma distancia de la situación a fin de tener una perspectiva más amplia. Sosiégate.

Ni vergüenza, ni culpa

Si lo que sentimos acerca de las cosas es lo que nos atormenta, más que las cosas en sí mismas, resulta absurdo culpar a los demás. Por consiguiente, cuando sufrimos un revés, una molestia o una aflicción, no les echemos la culpa a los demás, sino a nuestra propia actitud. La gente mezquina suele reprochar a los demás su propio infortunio. La mayoría de la gente se lo reprocha a sí misma. Quienes se consagran a una vida de sabiduría comprenden que el impulso de culpar a algo o a alguien es una necedad, que nada se gana con culpar, ya sea a los demás o a uno mismo.

Uno de los signos que anuncian el alborear del progreso moral es la gradual extinción de la culpa. Vemos la futilidad de la acusación. Cuanto más examinamos nuestras actitudes y trabajamos sobre nosotros mismos, menos susceptibles somos de ser barridos por reacciones emocionales tormentosas en las que buscamos explicaciones fáciles a sucesos espontáneos.

Las cosas son sencillamente lo que son. Los demás que piensen lo que quieran; no es asunto nuestro. Ni vergüenza, ni culpa.

lunes, 21 de marzo de 2011

Sobre la reputación y la moral

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"Inculca en tu mente los ideales que debes abrigar. Manténte unido a lo que es espiritualmente superior, prescindiendo de lo que hacen y dicen los demás. Sé fiel a tus verdaderas aspiraciones pase lo que pase a tu alrededor."
Epicteto

El carácter importa más que la reputación

La preocupación y el temor son una pérdida de tiempo y no suponen un buen ejemplo. Esto es especialmente cierto en lo concerniente a tu reputación e influencia. ¿Por qué vivir con temor a cosas como si obtendrás reconocimiento público en tu profesión o comunidad, o si conseguirás las oportunidades y gratificaciones que otros consiguen? No te preocupes por cuestiones como «La gente no tiene una buena opinión de mí, soy un don nadie».

¿Qué diferencia real supone para tu carácter y bienestar que goces de una posición ventajosa o que te inviten a fiestas elegantes? Ninguna. Entonces, ¿qué descrédito puede haber en no ser un agente del poder ni una celebridad? ¿Y por qué deberías preocuparte de si eres un don nadie cuando lo que importa es ser alguien en las áreas de la vida sobre las que tienes control y en las cuales puedes marcar una diferencia real? «Pero sin poder y reputación no podré ayudar a mis amigos», podrías decir. Es cierto que no les darás acceso al dinero ni a los pasillos del poder. ¿Pero acaso alguien espera realmente este tipo de ayuda de ti y no de algún otro? ¿Cómo pueden esperar que des algo que no tienes? «Aun así, sería estupendo tener poder y dinero para compartirlos con mis amigos».

Si puedo hacerme rico y poderoso conservando mi honor, la lealtad a la familia, los amigos, los principios y el amor propio, dime cómo se hace y lo haré. Pero si tengo que sacrificar mi integridad personal, es estúpido y ridículo que me sigas animando. Por otra parte, si tuvieras que elegir entre una determinada cantidad de dinero o tener un amigo leal y honorable, ¿con qué te quedarías? Es mejor que me ayudes a ser una buena persona en lugar de incitarme a hacer cosas que amenazan a mi buen carácter. «Bueno, ¿y qué hay de mis obligaciones para con la patria?» ¿Qué quieres decir? ¿Acaso te refieres a efectuar grandes donativos a instituciones benéficas o a levantar exorbitantes edificios, acaso se trata de eso? Un obrero metalúrgico no hace zapatos y un zapatero no fabrica armas. Basta con que cada cual haga bien lo que tiene que hacer. «¿Y qué pasa si hay alguien más que hace lo mismo que yo?» No pasa nada, no por ello tu contribución será menos valiosa. «Pero, ¿y mi posición en la sociedad?», preguntas. Cualquier posición que puedas mantener conservando el honor y la fidelidad a tus obligaciones está bien. Pero si tu deseo de contribuir en la sociedad compromete tu responsabilidad moral, ¿cómo puedes servir a tus conciudadanos si te has convertido en un irresponsable sinvergüenza? Más vale ser una buena persona y cumplir con tus obligaciones que tener renombre y poder.


La decencia y la belleza interior son más valiosas que la apariencia

Las mujeres cargan con el peso de la atención que se presta a que tengan un aspecto agradable. Desde su primera juventud, los hombres las halagan o son evaluadas sólo en términos de su apariencia externa. Desgraciadamente, esto puede conducir a que una mujer se sienta adecuada sólo para dar placer a los hombres, y sus verdaderos dones interiores se atrofian tristemente. Puede sentirse obligada a emplear mucho tiempo y esfuerzos en realzar su belleza exterior y deformar su ser natural para gustar a los demás. Lamentablemente, mucha gente, tanto hombres como mujeres, ponen todo el énfasis en controlar el aspecto físico y la impresión que causan en los demás.

"Quienes buscan la sabiduría llegan a comprender que aunque el mundo nos otorgue recompensas por razones erróneas o superficiales, tales como el aspecto físico, la familia de la que procedemos, y así sucesivamente, lo que realmente importa es quiénes somos en nuestro fuero interno y en quién nos estamos convirtiendo."
Epicteto

Valora tu mente, aprecia tu razón, mantente fiel a tu propósito
No entregues tu mente. Si alguien pretendiera ofrecer tu cuerpo a cualquier transeúnte sin darle mayor importancia, naturalmente te pondrías furioso. Entonces, ¿por qué no tienes ningún pudor en prestar tu valiosa mente a cualquier persona que desee influenciarte? Piénsalo dos veces antes de entregar tu mente a alguien que puede injuriarte, dejándote confundido y trastornado.

"Quienes carecen de preparación moral invierten una desmesurada cantidad de tiempo en sus cuerpos. Realiza tus funciones animales incidentemente. Debes prestar la mayor atención al cuidado y desarrollo de la razón. Pues mediante la razón se llegan a comprender las leyes de la naturaleza."
Epicteto

Apártate de los entretenimientos populares

Casi todo lo que se acepta como legítimo entretenimiento es inferior o ridículo y sólo atiende o explota las debilidades de la gente. Procura no formar parte de la multitud que se entrega a semejantes pasatiempos. La vida es demasiado corta y tienes cosas importantes que hacer. Sé juicioso con las imágenes e ideas que permites en tu mente. Si no eliges tú mismo a qué pensamientos e imágenes te expones, lo hará algún otro, y sus motivos pueden no ser los más elevados. Lo más fácil de este mundo es deslizarse imperceptiblemente hacia la vulgaridad. Pero no es necesario que esto suceda si tomas la determinación de no desperdiciar tu tiempo y tu atención en tonterías.

"Estés donde estés, compórtate siempre como si fueras una persona distinguida. Aunque el comportamiento de mucha gente viene dictado por lo que sucede a su alrededor, tú mantente fiel a un nivel superior. Procura evitar las fiestas o juegos donde el jolgorio y la juerga irreflexivos son la norma. Si te encuentras en un acontecimiento público, permanece arraigado en tus propósitos e ideales."
Epicteto

Cuidado con las compañías

Al margen de lo que los demás pretendan, puede que en realidad no vivan siguiendo valores espirituales. Vigila con quién te relacionas. Imitar los hábitos de quienes tratamos es humano. Sin advertirlo, adoptamos sus intereses, opiniones, valores y manera de interpretar los acontecimientos. Hay mucha gente que, aun con buena intención, sigue teniendo una influencia perjudicial sobre ti porque no sabe distinguir entre lo que merece la pena y lo que no.

El mero hecho de que la gente sea amable contigo no significa que debas pasar el tiempo con ellos. Que te busquen y se interesen por ti y tus asuntos no quiere decir que debas relacionarte con ellos. Sé selectivo a la hora de hacer nuevos amigos, colegas y vecinos. Todas esas personas pueden tener efectos sobre tu destino. El mundo está lleno de semejantes agradables y con talento. La clave es asociarse sólo con personas que te eleven, cuya presencia saque lo mejor de ti mismo. Pero recuerda que la influencia moral es una calle de doble dirección, y por eso debemos asegurarnos de que nuestros pensamientos, palabras y actos constituyan una influencia positiva en aquellos con quienes tratamos. La verdadera prueba de la excelencia personal radica en la atención que prestamos a los pequeños detalles de la conducta, la cual con tanta frecuencia descuidamos.

"Debemos preguntarnos regularmente: «¿Cómo son los pensamientos, palabras y actos que afectan a mis amigos, mi esposa, mi vecino, mi hijo, mi patrono, mis subordinados, mis conciudadanos? ¿Estoy poniendo algo de mi parte para contribuir al progreso espiritual de todos aquellos con quienes estoy en contacto?» Haz tuya la empresa de sacar lo mejor de los demás predicando con el ejemplo."
Epicteto


Cuida tu cuerpo, pero no hagas alarde del mismo

Respeta las necesidades de tu cuerpo. Dale los mejores cuidados para promover su salud y bienestar. Dale absolutamente todo lo que necesite, con inclusión de comida y bebida saludables, ropa digna y un hogar cálido y confortable. Sin embargo, no utilices tu cuerpo como una ocasión para la exhibición o el lujo.

Abstente de defender tu reputación o tus intenciones No tengas miedo de los insultos ni de las críticas. Sólo los moralmente débiles se sienten obligados a defenderse o explicarse ante los demás. Deja que la calidad de tus actos hable en tu nombre. No podemos controlar la impresión que los demás se forman de nosotros, y esforzarse por hacerlo sólo degrada el carácter.

Así pues, si alguien te dice que una persona determinada te ha estado criticando, no te molestes en excusarte o defenderte. Limítate a sonreír y responde: «Supongo que esa persona no conoce mis demás defectos. De no ser así no habría mencionado sólo esos».

domingo, 13 de marzo de 2011

Sobre la realidad y la muerte

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"El progreso espiritual pasa por hacer frente a la muerte y a las calamidades. En lugar de apartar la vista de los acontecimientos dolorosos de la vida, míralos de frente y piensa en ellos a menudo. Al hacer frente a las realidades de la muerte, la enfermedad, la pérdida y la decepción, te liberas de falsas ilusiones y esperanzas, al tiempo que evitas pensamientos desdichados y envidiosos."
Epícteto

Los acontecimientos no nos hacen daño, pero nuestra visión de los mismos nos lo puede hacer

Las cosas, por sí mismas, no nos hacen daño ni nos ponen trabas. Tampoco las demás personas. La forma en que veamos las cosas es otro asunto. Son nuestras actitudes y reacciones las que nos causan problemas. Por consiguiente, ni siquiera la muerte tiene gran importancia por sí misma. Es nuestro concepto de la muerte, nuestra idea, lo que es terrible, lo que nos aterroriza. Hay formas muy distintas de pensar sobre la muerte. Examina a fondo tus conceptos sobre la muerte y sobre todo lo demás. ¿Son realmente ciertos? ¿Te hacen algún bien? No temas a la muerte y al dolor; teme al temor a la muerte y al dolor. No podemos elegir nuestras circunstancias externas, pero siempre podemos elegir la forma de reaccionar ante ellas.

Veamos las cosas tal como son en verdad

Las circunstancias no se presentan para satisfacer nuestras expectativas. Las cosas suceden por sí mismas. La gente se comporta tal como es. Aprovecha lo que realmente obtienes.

Abre los ojos: tienes que ver las cosas tal como son y así te ahorrarás el dolor de los falsos vínculos y de la decepción evitable. Piensa en lo que te deleita, las herramientas con las que cuentas, las personas a quienes quieres. Pero recuerda que tienen su propio carácter específico, el cual poco o nada tiene que ver con la forma que tenemos de verlo.

A modo de ejercicio, piensa en la cosa más insignificante a la que te sientas vinculado. Pongamos, por ejemplo, que tienes una copa favorita. Al fin y al cabo, no es más que una copa, de ahí que si se rompe puedas soportarlo. A continuación toma una cosa o una persona para con quien tus sentimientos y pensamientos de apego sean más intensos.

Recuerda, por ejemplo, cuando abraces a tu hijo, a tu marido, a tu esposa, que estás abrazando a un mortal. Así, si uno de ellos muriera, podrías soportarlo con entereza. Cuando algo acontece, lo único que está en tu mano es la actitud que tomas al respecto; tanto puedes aceptarlo como tomarlo a mal. Lo que en verdad nos espanta y desalienta no son los acontecimientos exteriores por sí mismos, sino la manera en que pensamos acerca de ellos. No son las cosas lo que nos trastorna, sino nuestra interpretación de su significado.

¡Deja de asustarte a ti mismo con ideas impetuosas, con tus impresiones sobre el modo en que las cosas son! Las cosas y las personas no son lo que deseamos que sean ni lo que parecen ser. Son lo que son.


Conforma tus deseos y expectativas a la realidad

Para bien o para mal, la vida y la naturaleza se rigen por leyes que no podemos cambiar. Cuanto antes lo aceptemos, más tranquilos estaremos. Te harias mucho daño si aun sabiendo esto te haces el loco y desearias que tus hijos o tu esposa vivieran para siempre.

Son mortales, igual que tú, y la ley de la mortalidad está completamente fuera de tu alcance. De modo semejante, es vano desear que un patrono, un pariente o un amigo no tengan tacha. Ello supondría controlar cosas que en verdad no podemos controlar. Bajo nuestro control está que no nos decepcione el deseo si nos ocupamos del mismo de acuerdo con los hechos, en lugar de dejarnos llevar por él. En el fondo estamos controlados por aquello que otorga o suprime lo que buscamos o evitamos. Si lo que buscas es la libertad, no desees ni rehuyas nada que dependa de los demás, o siempre serás un esclavo desvalido.

Comprende en qué consiste realmente la libertad y cómo se alcanza. La libertad no es el derecho o la capacidad de hacer lo que te venga en gana. La libertad viene de comprender los límites de tu propio poder y los límites naturales establecidos por la divina providencia. Al aceptar las limitaciones y las inevitabilidades de la vida y trabajar con ellas en lugar de combatirlas, nos hacemos libres. Si, por el contrario, sucumbimos ante el deseo pasajero por cosas que escapan a nuestro control, perdemos la libertad.

Haz tuya la voluntad de la naturaleza

Descubre la voluntad de la naturaleza. Estúdiala, préstale atención y hazla tuya. La voluntad de la naturaleza nos es revelada mediante experiencias comunes a todos. Por ejemplo, si el hijo de un vecino rompe un tazón o algo por el estilo, decimos de buen grado: «Estas cosas pasan». Cuando el tazón que se rompa sea el tuyo, deberías responder de la misma forma en que lo haces cuando se rompe un tazón ajeno.

Traslada esta premisa a asuntos de mayor importancia emocional y material. ¿Que muere el hijo, la esposa u otro ser querido de otra persona? En tales circunstancias, cualquiera puede decir: «Es el ciclo de la vida. La muerte tarde o temprano llega. Hay cosas inevitables».

Pero cuando quien muere es nuestro hijo o nuestro amor, tendemos a exclamar: «¡Ay de mí! ¡Qué desgraciado soy!» mismo a otra persona. Transfiere ese sentimiento a tus circunstancias actuales. Aprende a aceptar los acontecimientos, incluso la muerte, con inteligencia.

Ocúpate de lo que tienes, no hay nada que perder

En verdad nada nos puede ser arrebatado. No hay nada que perder. La paz interior comienza cuando dejamos de decir, a propósito de las cosas, «lo he perdido», y en su lugar decimos «ha regresado al lugar de donde vino». ¿Ha muerto tu hijo? Él o ella ha regresado al lugar de donde vino. ¿Tu marido o tu esposa han muerto? Él o ella ha regresado al lugar de donde vino. ¿Te han arrebatado posesiones y propiedades? Éstas también han regresado al lugar del que vinieron.

Tal vez estás enfadado porque una mala persona ha robado tus pertenencias. ¿Pero por qué debería preocuparte quién devuelve tus cosas al mundo que te las dio? Lo importante es ser muy cuidadoso con las cosas que tienes mientras el mundo te permite tenerlas, tal como un viajero cuida de su habitación en una posada.



viernes, 11 de marzo de 2011

Sobre la crítica y la opinión

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"Muchas son las voces, unas indignas, otras nobles,
que vienen a herir el oído: Que no te turben ni tampoco
te vuelvas para no oírlas. Cuando oigas una mentira,
sopórtalo con calma.

Pero lo que ahora voy a decirte es preciso que lo cumplas siempre:
Que nadie, por sus dichos o por sus actos, te conmueva para que hagas o digas
nada que no sea lo mejor para ti.

Reflexiona antes de obrar para no cometer tonterías:
Obrar y hablar sin discernimiento es de pobres gentes.
Tú en cambio siempre harás lo que no pueda dañarte."
Pitágoras

Saber lo que puedes controlar y lo que no

La felicidad y la libertad comienzan con la clara comprensión de un principio: algunas cosas están bajo nuestro control y otras no. Sólo tras haber hecho frente a esta regla fundamental y haber aprendido a distinguir entre lo que podemos controlar y lo que no, serán posibles la tranquilidad interior y la eficacia exterior. Bajo control están las opiniones, las aspiraciones, los deseos y las cosas que nos repelen. Estas áreas constituyen con bastante exactitud nuestra preocupación, porque están directamente sujetas a nuestra inluencia. Siempre tenemos la posibilidad de elegir los contenidos y el carácter de nuestra vida interior.

Fuera de control, sin embargo, hay cosas como el tipo de cuerpo que tenemos, el haber nacido en la riqueza o el tener que hacernos ricos, la forma en que nos ven los demás y nuestra posición en la sociedad. Debemos recordar que estas cosas son externas y por ende no constituyen nuestra preocupación. Intentar controlar o cambiar lo que no podemos tiene como único resultado el tormento.

Recordemos: las cosas sobre las que tenemos poder están naturalmente a nuestra disposición, libres de toda restricción o impedimento; pero las cosas que nuestro poder no alcanza son debilidades, dependencias, o vienen determinadas por el capricho y las acciones de los demás.

Recordemos, también, que si pensamos que podemos llevar las riendas de cosas que por naturaleza escapan a nuestro control, o si intentamos adoptar los asuntos de otros como propios, nuestros esfuerzos se verán desbaratados y nos convertiremos en personas frustradas, ansiosas y criticonas.

Ocúpate de tus propios asuntos

Presta atención únicamente a tus verdaderas preocupaciones y da por sentado que lo que pertenece a los demás es asunto suyo y no tuyo. Si obras así, serás impermeable a la coacción y nadie te podrá retener. Serás auténticamente libre y eficaz, pues darás buen uso a tus esfuerzos en lugar de malgastarlos criticando u oponiéndote a los demás.

Si conoces y prestas atención a tus verdaderas preocupaciones, nada ni nadie te hará actuar contra tu voluntad; los demás no podrán herirte, no ganarás enemigos ni padecerás ningún mal. Si tienes el propósito de vivir siguiendo estos principios, recuerda que no será fácil: deberás renunciar por completo a algunas cosas y posponer otras por ahora. Es probable que debas privarte de la riqueza y el poder si quieres asegurarte de alcanzar la felicidad y la libertad.

No prestes ninguna atención a las cosas que no te atañen

El progreso espiritual nos exige hacer hincapié en lo esencial y hacer caso omiso de todo lo demás, ya que sólo se trata de trivialidades que no merecen nuestra atención. Además, en verdad es bueno que nos consideren estúpidos e ingenuos en relación con los asuntos que no nos atañen. No te preocupes por la impresión que causes en los demás. Están deslumbrados y engañados por las apariencias. Sé fiel a tu objetivo. Sólo así reforzarás tu voluntad y darás coherencia a tu vida. Abstente de intentar granjearte la aprobación y la admiración de los demás. Tu camino va más arriba. No anheles que te consideren sofisticado, único o sabio. De hecho, debes recelar cuando los demás te vean como alguien especial. Ponte en guardia contra la presunción y la vanidad.

Mantener la voluntad en armonía con la verdad y preocuparse de lo que escapa al propio control son acciones que se excluyen mutuamente. Cuando estés absorto en una, descuidarás la otra.


"Si uno encuentra un hombre sabio, quien como un descubridor de tesoros te señala tus defectos y te llama la atención sobre los mismos, debe asociarse con tal persona. Uno irá bien y no mal en la compañía de esta persona."
Siddharta Gautama


Querer agradar a los demás es una trampa peligrosa

Cuando intentamos agradar a los demás, nos encontramos mal dirigidos hacia lo que está fuera de nuestra área de inluencia. Al hacerlo perdemos el dominio sobre el propósito de nuestra vida. Confórmate con ser un amante de la prudencia, un buscador de la verdad. Regresa una y otra vez a lo que es esencial y valioso.

No trates de parecer sabio a los ojos de los demás. Si quieres llevar una vida en la prudencia, vívela en tus términos y con tus propios ojos.



"No hemos de creer en lo dicho, simplemente porque fue dicho; ni en las tradiciones, porque han sido trasmitidas desde la antigüedad; ni en los rumores; ni en los escritos de los sabios, porque han venido de ellos; ni en las fantasías, que ... se suponen haber sido inspiradas por un Deva (es decir, una supuesta inspiración espiritual); ni en las deducciones basadas en alguna suposición casual; ni por lo que parece ser una necesidad analógica; ni por la mera autoridad de nuestros instructores o maestros, sino que hemos de creer cuando lo escrito, la doctrina o lo dicho, está corroborado por nuestra propia razón y conciencia. Por eso, enseñé a no creer lo que oyen decir, sino que, cuando lo crean conscientemente, actúen de acuerdo y plenamente."
Siddharta Gautama